El caballo salvaje se había lastimado su pata delantera derecha. La causa no fue revelada. Quizá tropezó con algún obstáculo mientras cabalgaba en los prados de Australia, o su casco fue devorado por algún hueco camuflado en la hierba, o dio un traspié equino en alguna de aquellas competencias secretas entre jamelgos indomables.
Andaba cada vez más rezagado de su manada, que al principio lo esperaba con paciencia, pero que más tarde se tornó indiferente. El caballo, aún joven, prolongaba su mirada hasta donde sus compañeros de cabalgatas y de aventuras, y como si ella fuera un lazo, proseguía cojeando, sin entender las causas de su retraso.
El sol australiano se había vuelto más inclemente. Su jadeo era ya constante, acentuado por su movimiento lento y convulso. Ya casi ni podía apoyar la pata sobre el suelo; le dolía incluso cuando lo hacia para inclinar su cuello, cubierto de una esbelta melena, en esos momentos en que la hierba deseaba meterse entre su boca.
Sin embargo, por instantes, muy cortos, como intermitentes, un viento fresco parecía empujar su instinto de supervivencia, o como si un impulso del universo desfibrilara sus rastros de existencia, y cojeando aceleraba su paso, aún sin perder de vista a sus cinco amigos. Pero no, una pata herida es para un caballo un viaje más agónico que una falla cardiaca o que un silencioso cáncer.
Su andar se fue deteniendo, cadencioso, sin escándalo, sin relinchos ni clamores, con dignidad, con libertad… Del mismo modo que un reloj agónico enlentece sus segundos, quedó finalmente quieto, bajo la sombra de un árbol, que lo aguardaba desde siempre, agitando su abundante cola para espantar a las perseverantes moscas.
Así, haciendo equilibrio sobre esa cornisa entre la vida y la muerte, el equino aguardaba inocente, como debe ser, la pérdida del balance que aún lo sostenía, cuando de súbito una yegua blanca, que se alejó de la manada, se acercó al árbol donde el caballo se refugiaba a esperar el colofón de su destino.
“Llegó a darle la última despedida, la última caricia”, dijo la voz del narrador de un programa sobre vida salvaje de Animal Planet, cuando la yegua con su hocico acarició y frotó al del caballo, en medio de la planicie australiana, por largos y sagrados minutos, hasta que, no sin dudarlo varias veces, se alejo para reunirse con los demás, que la aguardaban en la distancia
Un zoom-out gradual, que partía desde el caballo agónico, desplegó el infinito horizonte. En el centro de la imagen se avistaba el polvo que surgía del trote de los caballos, que retrasados se dirigían hacia su refugio nocturno.
Durante el programa, otros personajes fueron descubiertos por el lente intruso y ajeno, que contaba otras historias, con la trama digna de la biodiversidad de Oceanía: dingos rapaces, ágiles canguros, extraños emús, fotogénicos marsupiales…, hasta que de nuevo enfocó la inmensidad de los prados.
Fue en ese momento cuando el narrador, con esa voz que traducía el complejo instinto de la naturaleza al limitado lenguaje humano, mientras la cámara hacía un acercamiento a uno de los árboles de la pradera, dijo: “Ustedes pensarán que la vida ha terminado, pero es ahora cuando apenas comienza”, y aparecen de repente los restos de nuestro caballo, extendidos bajo la sombra del árbol, donde había decidido detenerse, donde se había despedido de su yegua, donde después había caído a sembrar de existencia ese ínfimo trozo de tierra bajo el sol.
“Ya no es solo una vida, sino muchas de ellas, casi infinitas”, prosiguió el narrador, y el lente enfocó con atención la carroña del equino, de la cual brotaban como agua larvas de los huevos almacenados con esmero por las moscas, que aún rondaban el cadáver, cuyos huesos ya se asomaban por entre la carne. Jirones de fibras y tejidos eran devorados como dulces por los danzantes buitres, hasta internarse en su compleja digestión. Verdes tallos de hierba se abrían paso también entre los músculos informes. Otros tantos insectos y gusanos se paseaban gustosos entre los tendones, la sangre seca y los rastros de cuero, que aún conservaba su color pimienta.
El caballo se hacía tierra, y la tierra es vida. Trozos de su ser ahora se desplegaban en múltiples seres, que a su vez crearían otras vidas, hasta el infinito. Su existencia, la fortaleza de sus cabalgatas sobre la misma hierba que devoraba, su relación con otros de su especie, su tropiezo, era apenas una coma entre el perpetuo relato de la vida, una diminuta salpicadura de la energía del universo. Él mismo había sido el resultado de un impulso anterior.
Fue así, acostado en mi cama, con el control remoto perdido entre algún pliegue de las cobijas, como descubrí la eternidad.
martes, 28 de febrero de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
National Geographic, espejo del mundo
Entender el mundo es uno de los grandes imposibles de la humanidad. No hay teoría o fórmula matemática que nos explique de manera precisa las complejas relaciones de los hombres con su entorno: la naturaleza, otros hombres, la tecnología, el arte, la política, el universo… No hay método que nos revele cómo todos los entes de la Tierra interactúan, se encadenan y viven en el caos, orden que rige la sumatoria de la energía, la masa y el espacio.
Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.
Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.
Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.
La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.
Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.
Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.
Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.
Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…
En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo.
En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.
Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.
Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.
Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.
La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.
Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.
Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.
Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.
Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…
En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo.
En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.
jueves, 5 de enero de 2012
Llamado de un actor anónimo a no ver películas dobladas
El libreto no era para nada sencillo: muchas de las palabras eran italianas, lo que me obligaba a introducir un “argentinado” acento a mi inglés, y había demasiadas groserías. Bueno, así era mi personaje, un típico mafioso siciliano, en una nueva aventura; con una banda sonora de lujo; actores reconocidos y de trayectoria, que como yo sufrieron con este complejo libreto, y un gran director, que también escribió el guión, durante más de dos años.
No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.
Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.
La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.
Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.
Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.
Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.
Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?
Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.
La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.
Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.
No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.
Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.
La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.
Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.
Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.
Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.
Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?
Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.
La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.
Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Un paseo por las calles oxidadas de David Manzur
Aunque mis pies dolían, por los zapatos desgastados y deformados, era imposible detener mi paso por los pasillos. La parda luz de la tarde entraba por la ventana, hacía brillar la madera del suelo y rimaba con las imágenes de los ventanales, no los que daban a la calle bogotana, sino a otras ciudades, de un apocalipsis antiguo; ciudades oxidadas.
Asomarse en cada uno de aquellos ventanales, que se extendían por las paredes, provocaba un vértigo horizontal, al ver en el fondo, detrás de cada caballo convulso, fuerte y greñudo, las callejuelas derruidas, de casas vacías, en cuyas terrazas reposaban improvisadas escalerillas, que unían los caminos de lo que ya no vale la pena unir; caminos que ya no conducen de memoria hacia la plaza, la escuela, la iglesia…, sino que se entretejen y bifurcan en los tejados, en las habitaciones vacías y sin ventanas o en las entradas y cobertizos de las casas, de donde emergen, como de las sombras, los extraños personajes; los mutados y oxidados personajes, que desde los ventanales observaba con temor.
Eran ellos fantasmales jinetes sobre aparatosos caballos, quienes batallaban, en tardes que rozaban la noche y entre informes armaduras, con toros fatigados y heridos. Eran como justas o juegos, en los que también rodaban ruedas y carretes, mientras estos guerreros luchaban por no enredarse en hilos de colores, tejidos por el pintor, que las perversas meninas manipulaban con sus metálicos dedos.
Remendadas, pero aún bellas, las meninas se asomaban desde las sombras de las casas, mostrando con fría vanidad sus vestidos metálicos. Emergían en manada, envolvían con sus hilos a los quijotescos caballeros que por allí cruzaban o bien observaban, desde una sombra, bajo un cobertizo, a los jinetes estrellarse contra la ruina de la ciudad, que iban quizás en búsqueda de aquellos monstruos enrejados, amenazantes y ocultos en estrechas mazmorras.
Esto y más (como las infaltables moscas correr en enjambre por pálidos rostros o un pescado mutilado en una habitación vacía) divisé en aquellos ventanales. Temí o quise caer en las calles de esas ciudades oxidadas, para disfrutar de sus tardes perversas, o para aguardar la noche (y su media luna fabricada con un tímido trazo) con la misma curiosidad que sentí de doblar sus esquinas, y engullir más ruinas; tropezar con los caballos, greñudos, fuertes y convulsos; huir de los toros restantes de alguna fiesta pasada o morir enredado entre los hilos de alguna menina.
Pero, con cierto desgano, tuve que abandonar aquellos escenarios de fantasmas y misterio, y salí, aún con el dolor en mis pies, a las calles de esta Bogotá, que se oxida.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Melancholia No es ciencia ficción
Cuando Humbert Humbert, luego de haber visto por última vez a su Lolita, ya no una niña, sintió el costal del remordimiento sobre su hombro, por haber sucumbido a la pederastia, debido a los encantos de su nínfula, se dijo: “A menos que se me pruebe –a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción– que en el infinito importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado”.
El paréntesis que contiene el condicional de este extracto del libro de Nabokov se reduce con crueldad para incluir solamente la sentencia “la vida es una broma” gracias a la película Melancholia, de Lars von Trier. Los tardíos ataques de conciencia de Humbert Humbert se habrían tornado en un grato y último recuerdo si viera al gigante planeta Melancholia apoderarse del cielo vontrieriano, como una luna azul que se dilata hasta tragarse la Tierra.
Sí, efectivamente, Humbert, al infinito le importa un comino que hayas abusado de tu nínfula. Le importa un comino, Vladimir, que hayas condenado a Humbert, pues tal como lo dice Justine, el personaje principal de la más reciente película del director danés, interpretada con maestría por Kirsten Dunst: “La tierra es malvada. No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos”. Como tampoco importa que Von Trier se haya mofado de Cannes afirmando que respeta a Hitler ni que ella haya ganado la Palma de oro a mejor actriz.
Y así como para el infinito la Tierra, y las acciones de sus habitantes, son insignificantes, también lo es para la película. No hay en la pantalla un despliegue vulgar de escenas catastróficas ni de pánico sobreactuado por las calles, sino una tranquila melancolía, dentro de la jaula que fabricó el director, el único dios, omnipresente y omnipotente, dentro de la obra, para poner en ella a sus creaciones a interactuar, como otras veces, en distintos escenarios, pero ahora con la sencilla excusa de un apocalipsis poético.
Es en la relación de los personajes, en la mezcla e intercambio de sus personalidades, en su inestabilidad, donde está la esencia de Melancholia, (sin dejar de lado, no sobra recordarlo, la estética de la puesta en escena, la espacial fotografía y las suculentas actuaciones, etcétera). Por eso es incomprensible e inaceptable que la obra sea cruelmente subestimada al catalogar su género como “ciencia ficción”, como sucede en la mayoría de sitios donde es promocionada.
Y más que en la totalidad de sus personajes, el cineasta se centra en sus dos mujeres: Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo se reduce a ellas. El dios es dueño y señor de la jaula, a la que no permite al inicio que entre la limosina, de la cual expulsa gradualmente a los demás personajes, de la que no deja salir a sus dos prisioneras cuando intentan huir reiteradas veces por el puente, como queriendo escapar no del planeta sino del mismo Von Trier, para en vano volver a ser ellas: Kirsten y Charlotte.
Porque “L’enfant terrible” es también un personaje de esta obra, porque su obra comienza desde que escoge a sus víctimas, quienes jamás serán las mismas cuando recitan y actúan sus palabras; algo les roba cuando las registra en su lente. Como le sucedió a Nicole Kidman, en Dogville; a Bjork, en Dancer in the dark, o a Emily Watson, en Breaking the waves.
La débil y clarividente Justine y la fuerte y protectora Claire, que intercambian sus caracteres entre la "cueva mágica", son finalmente fulminadas, no por el planeta, sino por un extenso pantallazo negro, que perdura largos segundos antes de los créditos.
http://www.youtube.com/watch?v=vZ-s8AzwWUI
El paréntesis que contiene el condicional de este extracto del libro de Nabokov se reduce con crueldad para incluir solamente la sentencia “la vida es una broma” gracias a la película Melancholia, de Lars von Trier. Los tardíos ataques de conciencia de Humbert Humbert se habrían tornado en un grato y último recuerdo si viera al gigante planeta Melancholia apoderarse del cielo vontrieriano, como una luna azul que se dilata hasta tragarse la Tierra.
Sí, efectivamente, Humbert, al infinito le importa un comino que hayas abusado de tu nínfula. Le importa un comino, Vladimir, que hayas condenado a Humbert, pues tal como lo dice Justine, el personaje principal de la más reciente película del director danés, interpretada con maestría por Kirsten Dunst: “La tierra es malvada. No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos”. Como tampoco importa que Von Trier se haya mofado de Cannes afirmando que respeta a Hitler ni que ella haya ganado la Palma de oro a mejor actriz.
Y así como para el infinito la Tierra, y las acciones de sus habitantes, son insignificantes, también lo es para la película. No hay en la pantalla un despliegue vulgar de escenas catastróficas ni de pánico sobreactuado por las calles, sino una tranquila melancolía, dentro de la jaula que fabricó el director, el único dios, omnipresente y omnipotente, dentro de la obra, para poner en ella a sus creaciones a interactuar, como otras veces, en distintos escenarios, pero ahora con la sencilla excusa de un apocalipsis poético.
Es en la relación de los personajes, en la mezcla e intercambio de sus personalidades, en su inestabilidad, donde está la esencia de Melancholia, (sin dejar de lado, no sobra recordarlo, la estética de la puesta en escena, la espacial fotografía y las suculentas actuaciones, etcétera). Por eso es incomprensible e inaceptable que la obra sea cruelmente subestimada al catalogar su género como “ciencia ficción”, como sucede en la mayoría de sitios donde es promocionada.
Y más que en la totalidad de sus personajes, el cineasta se centra en sus dos mujeres: Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo se reduce a ellas. El dios es dueño y señor de la jaula, a la que no permite al inicio que entre la limosina, de la cual expulsa gradualmente a los demás personajes, de la que no deja salir a sus dos prisioneras cuando intentan huir reiteradas veces por el puente, como queriendo escapar no del planeta sino del mismo Von Trier, para en vano volver a ser ellas: Kirsten y Charlotte.
Porque “L’enfant terrible” es también un personaje de esta obra, porque su obra comienza desde que escoge a sus víctimas, quienes jamás serán las mismas cuando recitan y actúan sus palabras; algo les roba cuando las registra en su lente. Como le sucedió a Nicole Kidman, en Dogville; a Bjork, en Dancer in the dark, o a Emily Watson, en Breaking the waves.
La débil y clarividente Justine y la fuerte y protectora Claire, que intercambian sus caracteres entre la "cueva mágica", son finalmente fulminadas, no por el planeta, sino por un extenso pantallazo negro, que perdura largos segundos antes de los créditos.
http://www.youtube.com/watch?v=vZ-s8AzwWUI
viernes, 19 de agosto de 2011
miércoles, 10 de agosto de 2011
El libro de Dios
Encontré a Dios en un libro que perdí,
ahora busco el libro cual si buscara
a Dios. Si tan sólo yo me acordara
del lugar secreto donde lo escondí,
no estaría rezando como antes,
o al azar tomando libros del anaquel,
que se extiende como torre de babel
hacia donde moran antiguos mendicantes.
Para alcanzar los estantes más lejanos,
donde reposan los libros más arcanos,
escalo muros de tinta y pergamino,
como hormiga en vertical camino.
¿Dónde dejé el libro de Dios, el mago,
lo habré dejado en el lecho del lago,
para ocultar una cruel profecía
o las crónicas oscuras de la parusía?
Dios, el escapista, no dejó su rastro,
pero el viaje me dejó falsas deidades,
brujos, ninfas y otras divinidades
como las parábolas de Zoroastro.
Muy pronto el camino habré perdido,
deshilando bellas silabas paganas,
o mi fe pierda en aquellas páginas,
que ya dudo alguna vez haber leído.
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