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jueves, 5 de enero de 2012

Llamado de un actor anónimo a no ver películas dobladas

El libreto no era para nada sencillo: muchas de las palabras eran italianas, lo que me obligaba a introducir un “argentinado” acento a mi inglés, y había demasiadas groserías. Bueno, así era mi personaje, un típico mafioso siciliano, en una nueva aventura; con una banda sonora de lujo; actores reconocidos y de trayectoria, que como yo sufrieron con este complejo libreto, y un gran director, que también escribió el guión, durante más de dos años.

No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.

Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.

La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.

Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.

Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.

Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.

Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?

Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.

La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.

Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Melancholia No es ciencia ficción

Cuando Humbert Humbert, luego de haber visto por última vez a su Lolita, ya no una niña, sintió el costal del remordimiento sobre su hombro, por haber sucumbido a la pederastia, debido a los encantos de su nínfula, se dijo: “A menos que se me pruebe –a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción– que en el infinito importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado”.

El paréntesis que contiene el condicional de este extracto del libro de Nabokov se reduce con crueldad para incluir solamente la sentencia “la vida es una broma” gracias a la película Melancholia, de Lars von Trier. Los tardíos ataques de conciencia de Humbert Humbert se habrían tornado en un grato y último recuerdo si viera al gigante planeta Melancholia apoderarse del cielo vontrieriano, como una luna azul que se dilata hasta tragarse la Tierra.

Sí, efectivamente, Humbert, al infinito le importa un comino que hayas abusado de tu nínfula. Le importa un comino, Vladimir, que hayas condenado a Humbert, pues tal como lo dice Justine, el personaje principal de la más reciente película del director danés, interpretada con maestría por Kirsten Dunst: “La tierra es malvada. No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos”. Como tampoco importa que Von Trier se haya mofado de Cannes afirmando que respeta a Hitler ni que ella haya ganado la Palma de oro a mejor actriz.

Y así como para el infinito la Tierra, y las acciones de sus habitantes, son insignificantes, también lo es para la película. No hay en la pantalla un despliegue vulgar de escenas catastróficas ni de pánico sobreactuado por las calles, sino una tranquila melancolía, dentro de la jaula que fabricó el director, el único dios, omnipresente y omnipotente, dentro de la obra, para poner en ella a sus creaciones a interactuar, como otras veces, en distintos escenarios, pero ahora con la sencilla excusa de un apocalipsis poético.

Es en la relación de los personajes, en la mezcla e intercambio de sus personalidades, en su inestabilidad, donde está la esencia de Melancholia, (sin dejar de lado, no sobra recordarlo, la estética de la puesta en escena, la espacial fotografía y las suculentas actuaciones, etcétera). Por eso es incomprensible e inaceptable que la obra sea cruelmente subestimada al catalogar su género como “ciencia ficción”, como sucede en la mayoría de sitios donde es promocionada.

Y más que en la totalidad de sus personajes, el cineasta se centra en sus dos mujeres: Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo se reduce a ellas. El dios es dueño y señor de la jaula, a la que no permite al inicio que entre la limosina, de la cual expulsa gradualmente a los demás personajes, de la que no deja salir a sus dos prisioneras cuando intentan huir reiteradas veces por el puente, como queriendo escapar no del planeta sino del mismo Von Trier, para en vano volver a ser ellas: Kirsten y Charlotte.

Porque “L’enfant terrible” es también un personaje de esta obra, porque su obra comienza desde que escoge a sus víctimas, quienes jamás serán las mismas cuando recitan y actúan sus palabras; algo les roba cuando las registra en su lente. Como le sucedió a Nicole Kidman, en Dogville; a Bjork, en Dancer in the dark, o a Emily Watson, en Breaking the waves.

La débil y clarividente Justine y la fuerte y protectora Claire, que intercambian sus caracteres entre la "cueva mágica", son finalmente fulminadas, no por el planeta, sino por un extenso pantallazo negro, que perdura largos segundos antes de los créditos.

http://www.youtube.com/watch?v=vZ-s8AzwWUI