Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de abril de 2012

GUÍA PARA RESUCITAR

Tres días no son suficientes.
No hay un estimado exacto.
Es más bien cuestión de hidratación,
mucho líquido,
sobre todo agua,
es necesario para la resurrección.

Extender los miembros poco a poco;
desmadejar la atrofia cerebral;
respirar despacio,
sin sucumbir a la tentación de tragarse el viento;
saborear el aire, el polvo…
Todo esto es esencial
antes de volver a la vida.

Después de tan inmensurable lapso de quietud,
cualquier precaución no sobra
cuando se va a revivir.

Los ojos, por ejemplo,
los ojos deben permanecer cerrados
durante todo el ritual.
Una luz furtiva puede dejar al resurrecto
en perpetua oscuridad.
Es posible en cambio ejercitar las pupilas;
ahí, entre los párpados,
moverlas de uno a otro lado,
como acariciando las tinieblas.
Ellas, como la luz,
también sufrieron de ausencia
durante la muerte.

Es bueno sentir el sueño,
dejarse dormir.
Descanso, mucho descanso;
es un oficio de enorme esfuerzo,
este el de la resurrección.
Hay que estar sanos, fuertes e hidratados,
y ser valientes,
para asumir ese arte milenario
de vencer la muerte.

Después, sólo queda ponerse en pie;
alejarse de la loza fría;
dejar a un lado la sábana mortuoria
y dar los primeros dos pasos, o tres,
los necesarios para recordar el balance,
la seguridad,
y olvidarse de ese andar de fantasma,
tan mecánico y torpe.

Mover la piedra no será fácil,
pero no importa,
algo sobrenatural se trae
desde la muerte.

Una vez afuera
es bueno permanecer ocultos,
mientras se va el hedor,
mientras se recupera el color;
a nadie le gustan los recién resucitados,
son de mal agüero.

La vista, el oído, el tacto…
es menester entrenarlos,
de nuevo;
afinarlos;
sincronizarlos con el mundo desconocido,
aunque no ajeno.
Y las llagas,
hay que olvidar las llagas,
pronto ni se notarán.

El resto es cuestión de constancia.
Un poco de disciplina,
no sobra;
edificarse un santuario,
sagrado;
conservar el hábito del agua,
del sueño.
Pero sobre todo,
y esto es fundamental,
hay que tener cuidado
de no volver a morir…

miércoles, 10 de agosto de 2011

El libro de Dios


Encontré a Dios en un libro que perdí,
ahora busco el libro cual si buscara
a Dios. Si tan sólo yo me acordara
del lugar secreto donde lo escondí,

no estaría rezando como antes,
o al azar tomando libros del anaquel,
que se extiende como torre de babel
hacia donde moran antiguos mendicantes.

Para alcanzar los estantes más lejanos,
donde reposan los libros más arcanos,
escalo muros de tinta y pergamino,
como hormiga en vertical camino.

¿Dónde dejé el libro de Dios, el mago,
lo habré dejado en el lecho del lago,
para ocultar una cruel profecía
o las crónicas oscuras de la parusía?

Dios, el escapista, no dejó su rastro,
pero el viaje me dejó falsas deidades,
brujos, ninfas y otras divinidades
como las parábolas de Zoroastro.

Muy pronto el camino habré perdido,
deshilando bellas silabas paganas,
o mi fe pierda en aquellas páginas,
que ya dudo alguna vez haber leído.

jueves, 4 de agosto de 2011

Una noche extraña


Por Sebastian Melmoth

Anoche mientras besaba la muerte, el diablo apareció hablando de lo dulces que nos veíamos los dos. Los ángeles del cielo cayeron y opinaron lo mismo. Mi cama de flores se llenó de aromas fétidos y hermosas arañas, mientras gatos blancos caían del tejado maullando sin cesar. Una música melancólica provenía de no sé dónde, creo que el odio y el amor la traían cuando venían tomados de la mano. El placer y el pecado salieron de un espejismo que el amor dejó a su paso y la soledad llegó no sé con cuantas personas más.


Todos murmuraban entre sí parados alrededor de mi cama, viendo cómo los observaba y cómo la muerte besaba mi cuello. Otros mil rostros desconocidos se veían afuera en la ventana, tratando de romper el vidrio con sus uñas. Me sentía extrañado y un poco asustado. El amor y el odio estaban fascinados por la hermosa escena allí en esa cama de flores; la soledad sintió celos porque ya no era ella quien estaba allí; el pecado y el placer se besaban también; los ángeles rezaban, y el diablo se reía.

Me desperté sudando, casi llorando, y la muerte me dijo: “¿Qué te pasa Amor?”