Tres días no son suficientes.
No hay un estimado exacto.
Es más bien cuestión de hidratación,
mucho líquido,
sobre todo agua,
es necesario para la resurrección.
Extender los miembros poco a poco;
desmadejar la atrofia cerebral;
respirar despacio,
sin sucumbir a la tentación de tragarse el viento;
saborear el aire, el polvo…
Todo esto es esencial
antes de volver a la vida.
Después de tan inmensurable lapso de quietud,
cualquier precaución no sobra
cuando se va a revivir.
Los ojos, por ejemplo,
los ojos deben permanecer cerrados
durante todo el ritual.
Una luz furtiva puede dejar al resurrecto
en perpetua oscuridad.
Es posible en cambio ejercitar las pupilas;
ahí, entre los párpados,
moverlas de uno a otro lado,
como acariciando las tinieblas.
Ellas, como la luz,
también sufrieron de ausencia
durante la muerte.
Es bueno sentir el sueño,
dejarse dormir.
Descanso, mucho descanso;
es un oficio de enorme esfuerzo,
este el de la resurrección.
Hay que estar sanos, fuertes e hidratados,
y ser valientes,
para asumir ese arte milenario
de vencer la muerte.
Después, sólo queda ponerse en pie;
alejarse de la loza fría;
dejar a un lado la sábana mortuoria
y dar los primeros dos pasos, o tres,
los necesarios para recordar el balance,
la seguridad,
y olvidarse de ese andar de fantasma,
tan mecánico y torpe.
Mover la piedra no será fácil,
pero no importa,
algo sobrenatural se trae
desde la muerte.
Una vez afuera
es bueno permanecer ocultos,
mientras se va el hedor,
mientras se recupera el color;
a nadie le gustan los recién resucitados,
son de mal agüero.
La vista, el oído, el tacto…
es menester entrenarlos,
de nuevo;
afinarlos;
sincronizarlos con el mundo desconocido,
aunque no ajeno.
Y las llagas,
hay que olvidar las llagas,
pronto ni se notarán.
El resto es cuestión de constancia.
Un poco de disciplina,
no sobra;
edificarse un santuario,
sagrado;
conservar el hábito del agua,
del sueño.
Pero sobre todo,
y esto es fundamental,
hay que tener cuidado
de no volver a morir…
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