Cuando Humbert Humbert, luego de haber visto por última vez a su Lolita, ya no una niña, sintió el costal del remordimiento sobre su hombro, por haber sucumbido a la pederastia, debido a los encantos de su nínfula, se dijo: “A menos que se me pruebe –a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción– que en el infinito importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado”.
El paréntesis que contiene el condicional de este extracto del libro de Nabokov se reduce con crueldad para incluir solamente la sentencia “la vida es una broma” gracias a la película Melancholia, de Lars von Trier. Los tardíos ataques de conciencia de Humbert Humbert se habrían tornado en un grato y último recuerdo si viera al gigante planeta Melancholia apoderarse del cielo vontrieriano, como una luna azul que se dilata hasta tragarse la Tierra.
Sí, efectivamente, Humbert, al infinito le importa un comino que hayas abusado de tu nínfula. Le importa un comino, Vladimir, que hayas condenado a Humbert, pues tal como lo dice Justine, el personaje principal de la más reciente película del director danés, interpretada con maestría por Kirsten Dunst: “La tierra es malvada. No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos”. Como tampoco importa que Von Trier se haya mofado de Cannes afirmando que respeta a Hitler ni que ella haya ganado la Palma de oro a mejor actriz.
Y así como para el infinito la Tierra, y las acciones de sus habitantes, son insignificantes, también lo es para la película. No hay en la pantalla un despliegue vulgar de escenas catastróficas ni de pánico sobreactuado por las calles, sino una tranquila melancolía, dentro de la jaula que fabricó el director, el único dios, omnipresente y omnipotente, dentro de la obra, para poner en ella a sus creaciones a interactuar, como otras veces, en distintos escenarios, pero ahora con la sencilla excusa de un apocalipsis poético.
Es en la relación de los personajes, en la mezcla e intercambio de sus personalidades, en su inestabilidad, donde está la esencia de Melancholia, (sin dejar de lado, no sobra recordarlo, la estética de la puesta en escena, la espacial fotografía y las suculentas actuaciones, etcétera). Por eso es incomprensible e inaceptable que la obra sea cruelmente subestimada al catalogar su género como “ciencia ficción”, como sucede en la mayoría de sitios donde es promocionada.
Y más que en la totalidad de sus personajes, el cineasta se centra en sus dos mujeres: Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo se reduce a ellas. El dios es dueño y señor de la jaula, a la que no permite al inicio que entre la limosina, de la cual expulsa gradualmente a los demás personajes, de la que no deja salir a sus dos prisioneras cuando intentan huir reiteradas veces por el puente, como queriendo escapar no del planeta sino del mismo Von Trier, para en vano volver a ser ellas: Kirsten y Charlotte.
Porque “L’enfant terrible” es también un personaje de esta obra, porque su obra comienza desde que escoge a sus víctimas, quienes jamás serán las mismas cuando recitan y actúan sus palabras; algo les roba cuando las registra en su lente. Como le sucedió a Nicole Kidman, en Dogville; a Bjork, en Dancer in the dark, o a Emily Watson, en Breaking the waves.
La débil y clarividente Justine y la fuerte y protectora Claire, que intercambian sus caracteres entre la "cueva mágica", son finalmente fulminadas, no por el planeta, sino por un extenso pantallazo negro, que perdura largos segundos antes de los créditos.
http://www.youtube.com/watch?v=vZ-s8AzwWUI
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