Entender el mundo es uno de los grandes imposibles de la humanidad. No hay teoría o fórmula matemática que nos explique de manera precisa las complejas relaciones de los hombres con su entorno: la naturaleza, otros hombres, la tecnología, el arte, la política, el universo… No hay método que nos revele cómo todos los entes de la Tierra interactúan, se encadenan y viven en el caos, orden que rige la sumatoria de la energía, la masa y el espacio.
Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.
Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.
Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.
La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.
Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.
Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.
Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.
Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…
En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo.
En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.
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