Aparte de algunas columnas y uno que otro discurso transcrito, a veces con torpeza, en internet, no he tenido la oportunidad de leer alguna de las obras de Fernando Vallejo.
Y digo oportunidad, porque yo no busco los libros, ellos me buscan a mí. Y los de Vallejo aún no han encontrado (o no habían encontrado) el camino hacia mi pila de manuscritos por leer.
Todo lo contrario, parecían más bien alejarse para siempre y radicalmente de mi ignorancia. No me sentí atraído por el libro que me trajo su nombre, La virgen de los sicarios, quizás por las imágenes de su película homónima, que tampoco he visto en su totalidad, saturada de gamines, drogadictos y prostitutas (creo), como muchas telenovelas, filmes y obras literarias que han caído en ese cliché, en esa redundancia, en esa especie de cacofonía delincuencial, y que a diario inundan cualquier escenario mediático. También por sus declaraciones incendiarias en algún medio de comunicación, que deseaba subir raiting con su presencia controversial.
“Sólo quiere llamar la atención”, decía, cuando lo mencionaban o exaltaban.
Fue más lo música lo que me atrajo hacia él o, mejor, lo que comenzó a desbrozar el camino de sus libros hacia mí. Un día, cambiando canales en televisión, me topé con una escena suya, frente a un piano, tocando un nocturno de Chopin. En ese momento, una percepción muy distinta de su ser me cautivó. Tal vez la melodía embelleció sus palabras y evidenciaron su sensibilidad, pues en el mismo programa, Eduardo Escobar (el nadaísta que más admiro) lo entrevistó, y sus respuestas, con la dosis de veneno que las caracteriza (sobre la sexualidad, el país, la iglesia, los animales, los pobres, etc.), ya no me parecieron absurdas, sino cargadas de sentido, de fuerza y, sobre todo, de valentía.
Luego se sumaron sus otras facetas, que fui descubriendo en otros medios y en otras lecturas: sus estudios de biología, su amor por los animales, su casi idolatría por la lengua castellana… Todo esto, y más, le dio forma a la imagen de él que conservo: un viejo con un rostro noble, que puede tornarse cuando menos se espera en la faz del demonio; una imagen que aún no deja de mutar, y mutará más aún cuando lea sus libros. Tres de ellos hoy me aguardan en mi pila de volúmenes por leer, y tramposamente casi han alcanzado la cima.
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Es poco común admirar un escritor sin haber leído su obra. En mi caso particular sólo puedo recordar uno: Borges.
Sea por la sonoridad de su nombre, por la postura que asume su imagen, por la libertad de sus palabras en entrevistas y discursos, Borges cautivaba hasta el borde de la intimidación o el miedo de leer su obra y no encontrar la rima de su talante con el relato. Por fortuna, esto no fue así; todo lo contrario, los rasgos de su rostro se acentuaron y su voz coincidió a la perfección con sus letras escritas. Esto se debe, sin temor a equivocarme, a que Borges es un personaje creado por sí mismo.
Una novela justifica su existencia gracias a los personajes que en ella habitan. Por ellos y sus determinaciones entre las páginas la obra teje su destino y se traza la impronta que nos permite recordarla.
Pero cuando el escritor es también un personaje, tanto dentro como fuera de la obra, la relación con el lector va más allá del ejercicio de tener entre las manos un libro y pasar los ojos por las letras: el encuentro con el escritor-personaje es ya una lectura previa a enfrentarse con el papel, y cuando esto último sucede es inevitable imaginar al autor interactuar con los demás personajes; imaginar las escenas en su propia realidad; imaginar todo su proceso creativo. Así, tras la lectura, la imagen que más perdura en la memoria es la del artista.
Son escasos los escritores con quienes se vive dicha experiencia. Al leer Por quién doblan las campanas, por ejemplo, no nos quedamos con Hemingway, sino con Roberto Jordán; en El Túnel prevalece Juan Pablo Castel y no Ernesto Sábato; de María no queda sino María, y Jorge Isaacs es apenas un nombre en la portada del libro.
Otros, en cambio, colonizan su propia obra, y subyugan a los personajes a la omnipotencia de su presencia. Cuando se lee Justine, sí, todas las desgracias del personaje principal nos quedan en la memoria, pero quien impera en el recuerdo es el Marqués de Sade, tejiendo con su tinta el cruel hado de la infortunada protagonista. Borges, en El aleph (como en muchos otros de sus cuentos), sin anunciarlo se aparece en el relato cuando le habla al retrato de la fallecida Beatriz Viterbo: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
En La metamorfosis, el insecto no tiene cara de Gregorio Samsa, sino de Franz Kafka. O Lord Henry, un personaje secundario de El retrato de Dorian Gray, pero fundamental en los giros dramáticos de la obra, no es nadie más que el mismo Óscar Wilde. Sí, estos dos últimos ejemplos cabrían en otra categoría: el escritor que se disfraza de personaje; cambia su nombre y quizá su atuendo, pero su talante permanece allí, como un espía entre las páginas, para influir de modo más directo en el destino de sus personajes. Hay otros más arrojados, como Henry Miller, que entra en escena con toda su presencia, sin disimularlo, y para colmo arrastra consigo a otros personajes de la vida real, quienes en contra de su voluntad se encuentran de repente encerrados entre las paredes de sus relatos.
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Comencé a leer la obra de Vallejo en Vallejo, pues este es precisamente un artista que cabe en la categoría de escritor-personaje. No sé si ésta es una construcción intencionada o planificada del autor ni si en su fuero interno mora un pensamiento distinto o menos contundente a sus manifestaciones en público (temas para otro artículo, menos llamativo). Lo que sí es cierto es que su carácter, en entrevistas, discursos o conversatorios, rima con su literatura, no en el sentido del autor hablando del proceso creativo, sino como el personaje narrando su vivencia dentro de la obra, en permanente construcción.
Es así como en el lanzamiento de El cuervo blanco (biografía de Rufino José Cuervo), el autor menciona con frecuencia su amor propio por la lengua castellana, cómo fue su acercamiento a la obra del lingüista colombiano y deja entrever que él mismo, en la biografía, es un personaje de suma trascendencia entre las páginas del libro. Esto no es común, pues a menudo el biógrafo opera más como el narrador oculto tras un matorral en el escenario de la vida del personaje.
La puta de Babilonia es otro ejemplo. En esta obra se refleja, como se percibe al abrir cualesquiera de sus páginas al azar, su aversión y repudio por la iglesia católica, lo que no es muy distinto a lo que encontramos en sus entrevistas o intervenciones, cuando, aunque no sea el tema central, arremete contra la religión cristiana. En la más reciente edición de este libro, incluso el mismo Vallejo sale en la portada, vestido de negro, formando una cruz con sus dedos, a la altura de los ojos, como diciéndole a la iglesia “vade retro”.
Este y similares comportamientos y discursos le dan a Fernando Vallejo su identidad, la cual es evidente incluso para aquellos que como yo no han leído su obra y para los que lo desprecian, pero no pueden evitar escucharlo, así sea para después fustigarlo. Todo esto, con la complicidad de sus admiradores y no admiradores y los medios de comunicación, es lo que le otorga la categoría de personaje.
Así pues, la lectura de este autor empezó hace ya algunos años, aunque mis ojos no hayan pasado por ninguna de las líneas de sus libros, y el Vallejo-personaje logró cautivarme, como los héroes de las historias inolvidables que nos han acompañado a lo largo de la vida. Pero ya llegó la hora de entrar en esos otros escenarios del artista, que se encuentran en el papel y no ya sólo en el discurso oral, no sin cierto temor a toparme con el desencanto. Bueno, no hay que anticiparse, el perfil del personaje promete traer consigo historias portentosas. Por lo pronto, en la pila me aguarda El desbarrancadero.
sábado, 16 de junio de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
GUÍA PARA RESUCITAR
Tres días no son suficientes.
No hay un estimado exacto.
Es más bien cuestión de hidratación,
mucho líquido,
sobre todo agua,
es necesario para la resurrección.
Extender los miembros poco a poco;
desmadejar la atrofia cerebral;
respirar despacio,
sin sucumbir a la tentación de tragarse el viento;
saborear el aire, el polvo…
Todo esto es esencial
antes de volver a la vida.
Después de tan inmensurable lapso de quietud,
cualquier precaución no sobra
cuando se va a revivir.
Los ojos, por ejemplo,
los ojos deben permanecer cerrados
durante todo el ritual.
Una luz furtiva puede dejar al resurrecto
en perpetua oscuridad.
Es posible en cambio ejercitar las pupilas;
ahí, entre los párpados,
moverlas de uno a otro lado,
como acariciando las tinieblas.
Ellas, como la luz,
también sufrieron de ausencia
durante la muerte.
Es bueno sentir el sueño,
dejarse dormir.
Descanso, mucho descanso;
es un oficio de enorme esfuerzo,
este el de la resurrección.
Hay que estar sanos, fuertes e hidratados,
y ser valientes,
para asumir ese arte milenario
de vencer la muerte.
Después, sólo queda ponerse en pie;
alejarse de la loza fría;
dejar a un lado la sábana mortuoria
y dar los primeros dos pasos, o tres,
los necesarios para recordar el balance,
la seguridad,
y olvidarse de ese andar de fantasma,
tan mecánico y torpe.
Mover la piedra no será fácil,
pero no importa,
algo sobrenatural se trae
desde la muerte.
Una vez afuera
es bueno permanecer ocultos,
mientras se va el hedor,
mientras se recupera el color;
a nadie le gustan los recién resucitados,
son de mal agüero.
La vista, el oído, el tacto…
es menester entrenarlos,
de nuevo;
afinarlos;
sincronizarlos con el mundo desconocido,
aunque no ajeno.
Y las llagas,
hay que olvidar las llagas,
pronto ni se notarán.
El resto es cuestión de constancia.
Un poco de disciplina,
no sobra;
edificarse un santuario,
sagrado;
conservar el hábito del agua,
del sueño.
Pero sobre todo,
y esto es fundamental,
hay que tener cuidado
de no volver a morir…
No hay un estimado exacto.
Es más bien cuestión de hidratación,
mucho líquido,
sobre todo agua,
es necesario para la resurrección.
Extender los miembros poco a poco;
desmadejar la atrofia cerebral;
respirar despacio,
sin sucumbir a la tentación de tragarse el viento;
saborear el aire, el polvo…
Todo esto es esencial
antes de volver a la vida.
Después de tan inmensurable lapso de quietud,
cualquier precaución no sobra
cuando se va a revivir.
Los ojos, por ejemplo,
los ojos deben permanecer cerrados
durante todo el ritual.
Una luz furtiva puede dejar al resurrecto
en perpetua oscuridad.
Es posible en cambio ejercitar las pupilas;
ahí, entre los párpados,
moverlas de uno a otro lado,
como acariciando las tinieblas.
Ellas, como la luz,
también sufrieron de ausencia
durante la muerte.
Es bueno sentir el sueño,
dejarse dormir.
Descanso, mucho descanso;
es un oficio de enorme esfuerzo,
este el de la resurrección.
Hay que estar sanos, fuertes e hidratados,
y ser valientes,
para asumir ese arte milenario
de vencer la muerte.
Después, sólo queda ponerse en pie;
alejarse de la loza fría;
dejar a un lado la sábana mortuoria
y dar los primeros dos pasos, o tres,
los necesarios para recordar el balance,
la seguridad,
y olvidarse de ese andar de fantasma,
tan mecánico y torpe.
Mover la piedra no será fácil,
pero no importa,
algo sobrenatural se trae
desde la muerte.
Una vez afuera
es bueno permanecer ocultos,
mientras se va el hedor,
mientras se recupera el color;
a nadie le gustan los recién resucitados,
son de mal agüero.
La vista, el oído, el tacto…
es menester entrenarlos,
de nuevo;
afinarlos;
sincronizarlos con el mundo desconocido,
aunque no ajeno.
Y las llagas,
hay que olvidar las llagas,
pronto ni se notarán.
El resto es cuestión de constancia.
Un poco de disciplina,
no sobra;
edificarse un santuario,
sagrado;
conservar el hábito del agua,
del sueño.
Pero sobre todo,
y esto es fundamental,
hay que tener cuidado
de no volver a morir…
martes, 28 de febrero de 2012
Un caballo y la eternidad
El caballo salvaje se había lastimado su pata delantera derecha. La causa no fue revelada. Quizá tropezó con algún obstáculo mientras cabalgaba en los prados de Australia, o su casco fue devorado por algún hueco camuflado en la hierba, o dio un traspié equino en alguna de aquellas competencias secretas entre jamelgos indomables.
Andaba cada vez más rezagado de su manada, que al principio lo esperaba con paciencia, pero que más tarde se tornó indiferente. El caballo, aún joven, prolongaba su mirada hasta donde sus compañeros de cabalgatas y de aventuras, y como si ella fuera un lazo, proseguía cojeando, sin entender las causas de su retraso.
El sol australiano se había vuelto más inclemente. Su jadeo era ya constante, acentuado por su movimiento lento y convulso. Ya casi ni podía apoyar la pata sobre el suelo; le dolía incluso cuando lo hacia para inclinar su cuello, cubierto de una esbelta melena, en esos momentos en que la hierba deseaba meterse entre su boca.
Sin embargo, por instantes, muy cortos, como intermitentes, un viento fresco parecía empujar su instinto de supervivencia, o como si un impulso del universo desfibrilara sus rastros de existencia, y cojeando aceleraba su paso, aún sin perder de vista a sus cinco amigos. Pero no, una pata herida es para un caballo un viaje más agónico que una falla cardiaca o que un silencioso cáncer.
Su andar se fue deteniendo, cadencioso, sin escándalo, sin relinchos ni clamores, con dignidad, con libertad… Del mismo modo que un reloj agónico enlentece sus segundos, quedó finalmente quieto, bajo la sombra de un árbol, que lo aguardaba desde siempre, agitando su abundante cola para espantar a las perseverantes moscas.
Así, haciendo equilibrio sobre esa cornisa entre la vida y la muerte, el equino aguardaba inocente, como debe ser, la pérdida del balance que aún lo sostenía, cuando de súbito una yegua blanca, que se alejó de la manada, se acercó al árbol donde el caballo se refugiaba a esperar el colofón de su destino.
“Llegó a darle la última despedida, la última caricia”, dijo la voz del narrador de un programa sobre vida salvaje de Animal Planet, cuando la yegua con su hocico acarició y frotó al del caballo, en medio de la planicie australiana, por largos y sagrados minutos, hasta que, no sin dudarlo varias veces, se alejo para reunirse con los demás, que la aguardaban en la distancia
Un zoom-out gradual, que partía desde el caballo agónico, desplegó el infinito horizonte. En el centro de la imagen se avistaba el polvo que surgía del trote de los caballos, que retrasados se dirigían hacia su refugio nocturno.
Durante el programa, otros personajes fueron descubiertos por el lente intruso y ajeno, que contaba otras historias, con la trama digna de la biodiversidad de Oceanía: dingos rapaces, ágiles canguros, extraños emús, fotogénicos marsupiales…, hasta que de nuevo enfocó la inmensidad de los prados.
Fue en ese momento cuando el narrador, con esa voz que traducía el complejo instinto de la naturaleza al limitado lenguaje humano, mientras la cámara hacía un acercamiento a uno de los árboles de la pradera, dijo: “Ustedes pensarán que la vida ha terminado, pero es ahora cuando apenas comienza”, y aparecen de repente los restos de nuestro caballo, extendidos bajo la sombra del árbol, donde había decidido detenerse, donde se había despedido de su yegua, donde después había caído a sembrar de existencia ese ínfimo trozo de tierra bajo el sol.
“Ya no es solo una vida, sino muchas de ellas, casi infinitas”, prosiguió el narrador, y el lente enfocó con atención la carroña del equino, de la cual brotaban como agua larvas de los huevos almacenados con esmero por las moscas, que aún rondaban el cadáver, cuyos huesos ya se asomaban por entre la carne. Jirones de fibras y tejidos eran devorados como dulces por los danzantes buitres, hasta internarse en su compleja digestión. Verdes tallos de hierba se abrían paso también entre los músculos informes. Otros tantos insectos y gusanos se paseaban gustosos entre los tendones, la sangre seca y los rastros de cuero, que aún conservaba su color pimienta.
El caballo se hacía tierra, y la tierra es vida. Trozos de su ser ahora se desplegaban en múltiples seres, que a su vez crearían otras vidas, hasta el infinito. Su existencia, la fortaleza de sus cabalgatas sobre la misma hierba que devoraba, su relación con otros de su especie, su tropiezo, era apenas una coma entre el perpetuo relato de la vida, una diminuta salpicadura de la energía del universo. Él mismo había sido el resultado de un impulso anterior.
Fue así, acostado en mi cama, con el control remoto perdido entre algún pliegue de las cobijas, como descubrí la eternidad.
Andaba cada vez más rezagado de su manada, que al principio lo esperaba con paciencia, pero que más tarde se tornó indiferente. El caballo, aún joven, prolongaba su mirada hasta donde sus compañeros de cabalgatas y de aventuras, y como si ella fuera un lazo, proseguía cojeando, sin entender las causas de su retraso.
El sol australiano se había vuelto más inclemente. Su jadeo era ya constante, acentuado por su movimiento lento y convulso. Ya casi ni podía apoyar la pata sobre el suelo; le dolía incluso cuando lo hacia para inclinar su cuello, cubierto de una esbelta melena, en esos momentos en que la hierba deseaba meterse entre su boca.
Sin embargo, por instantes, muy cortos, como intermitentes, un viento fresco parecía empujar su instinto de supervivencia, o como si un impulso del universo desfibrilara sus rastros de existencia, y cojeando aceleraba su paso, aún sin perder de vista a sus cinco amigos. Pero no, una pata herida es para un caballo un viaje más agónico que una falla cardiaca o que un silencioso cáncer.
Su andar se fue deteniendo, cadencioso, sin escándalo, sin relinchos ni clamores, con dignidad, con libertad… Del mismo modo que un reloj agónico enlentece sus segundos, quedó finalmente quieto, bajo la sombra de un árbol, que lo aguardaba desde siempre, agitando su abundante cola para espantar a las perseverantes moscas.
Así, haciendo equilibrio sobre esa cornisa entre la vida y la muerte, el equino aguardaba inocente, como debe ser, la pérdida del balance que aún lo sostenía, cuando de súbito una yegua blanca, que se alejó de la manada, se acercó al árbol donde el caballo se refugiaba a esperar el colofón de su destino.
“Llegó a darle la última despedida, la última caricia”, dijo la voz del narrador de un programa sobre vida salvaje de Animal Planet, cuando la yegua con su hocico acarició y frotó al del caballo, en medio de la planicie australiana, por largos y sagrados minutos, hasta que, no sin dudarlo varias veces, se alejo para reunirse con los demás, que la aguardaban en la distancia
Un zoom-out gradual, que partía desde el caballo agónico, desplegó el infinito horizonte. En el centro de la imagen se avistaba el polvo que surgía del trote de los caballos, que retrasados se dirigían hacia su refugio nocturno.
Durante el programa, otros personajes fueron descubiertos por el lente intruso y ajeno, que contaba otras historias, con la trama digna de la biodiversidad de Oceanía: dingos rapaces, ágiles canguros, extraños emús, fotogénicos marsupiales…, hasta que de nuevo enfocó la inmensidad de los prados.
Fue en ese momento cuando el narrador, con esa voz que traducía el complejo instinto de la naturaleza al limitado lenguaje humano, mientras la cámara hacía un acercamiento a uno de los árboles de la pradera, dijo: “Ustedes pensarán que la vida ha terminado, pero es ahora cuando apenas comienza”, y aparecen de repente los restos de nuestro caballo, extendidos bajo la sombra del árbol, donde había decidido detenerse, donde se había despedido de su yegua, donde después había caído a sembrar de existencia ese ínfimo trozo de tierra bajo el sol.
“Ya no es solo una vida, sino muchas de ellas, casi infinitas”, prosiguió el narrador, y el lente enfocó con atención la carroña del equino, de la cual brotaban como agua larvas de los huevos almacenados con esmero por las moscas, que aún rondaban el cadáver, cuyos huesos ya se asomaban por entre la carne. Jirones de fibras y tejidos eran devorados como dulces por los danzantes buitres, hasta internarse en su compleja digestión. Verdes tallos de hierba se abrían paso también entre los músculos informes. Otros tantos insectos y gusanos se paseaban gustosos entre los tendones, la sangre seca y los rastros de cuero, que aún conservaba su color pimienta.
El caballo se hacía tierra, y la tierra es vida. Trozos de su ser ahora se desplegaban en múltiples seres, que a su vez crearían otras vidas, hasta el infinito. Su existencia, la fortaleza de sus cabalgatas sobre la misma hierba que devoraba, su relación con otros de su especie, su tropiezo, era apenas una coma entre el perpetuo relato de la vida, una diminuta salpicadura de la energía del universo. Él mismo había sido el resultado de un impulso anterior.
Fue así, acostado en mi cama, con el control remoto perdido entre algún pliegue de las cobijas, como descubrí la eternidad.
sábado, 21 de enero de 2012
National Geographic, espejo del mundo
Entender el mundo es uno de los grandes imposibles de la humanidad. No hay teoría o fórmula matemática que nos explique de manera precisa las complejas relaciones de los hombres con su entorno: la naturaleza, otros hombres, la tecnología, el arte, la política, el universo… No hay método que nos revele cómo todos los entes de la Tierra interactúan, se encadenan y viven en el caos, orden que rige la sumatoria de la energía, la masa y el espacio.
Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.
Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.
Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.
La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.
Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.
Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.
Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.
Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…
En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo.
En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.
Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.
Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.
Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.
La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.
Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.
Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.
Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.
Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…
En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo.
En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.
jueves, 5 de enero de 2012
Llamado de un actor anónimo a no ver películas dobladas
El libreto no era para nada sencillo: muchas de las palabras eran italianas, lo que me obligaba a introducir un “argentinado” acento a mi inglés, y había demasiadas groserías. Bueno, así era mi personaje, un típico mafioso siciliano, en una nueva aventura; con una banda sonora de lujo; actores reconocidos y de trayectoria, que como yo sufrieron con este complejo libreto, y un gran director, que también escribió el guión, durante más de dos años.
No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.
Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.
La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.
Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.
Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.
Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.
Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?
Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.
La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.
Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.
No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.
Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.
La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.
Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.
Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.
Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.
Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?
Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.
La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.
Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.
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