sábado, 21 de enero de 2012

National Geographic, espejo del mundo

Entender el mundo es uno de los grandes imposibles de la humanidad. No hay teoría o fórmula matemática que nos explique de manera precisa las complejas relaciones de los hombres con su entorno: la naturaleza, otros hombres, la tecnología, el arte, la política, el universo… No hay método que nos revele cómo todos los entes de la Tierra interactúan, se encadenan y viven en el caos, orden que rige la sumatoria de la energía, la masa y el espacio.

Ese propósito, que sólo fue posible en la imaginación de Borges (en El Aleph), se reduce a sutiles pinceladas de teóricos, de filósofos, de científicos, de literatos, de artistas y de todo aquel que sacrificó su sacro tiempo en intentar explicar, siempre en puntos suspensivos, el misterio que cada cosa encierra.

Hoy ese arte del pensar, descubrir y revelar está más que reducido, a pesar de contar con las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, debido, entre otras cosas, a que los intereses humanos están más enfocados en lo inmediato; en los temas exclusivos de su entorno más cercano; en asuntos triviales…, o sencillamente su interés se reduce a las tenues bocanadas de unos cuantos medios de comunicación.

Sin embargo, hay medios que aún sobresalen de la maraña comunicativa, con información profunda y con investigaciones sustentadas, que logran reunir en un mismo escenario al pasado, al presente y al futuro, pues entienden que los tres no pueden estar separados. Medios que, me atrevo a decir, son lo más cercano a entender el mundo.

La revista National Geographic es uno de ellos. Una publicación que siempre sorprende, desde que en le revistero, dentro de su marco amarillo, asoma su portada, que sobresale de las demás. Esperar en la fila, en los supermercados, no es un suplicio cuando se tiene en las manos una edición de esta revista, rebosante de información, y es inevitable caer en la tentación de hojearla en el bus, antes de llegar a la casa a sentarse en el mejor sofá a develar todos sus secretos.

Los asombrosos registros fotográficos de doble página; las infografías, que se anticipan a nuestros cuestionamientos; los mapas, concienzudos y detallados; los textos bien estructurados, con una pulcra redacción, que rima con equilibrio con las exuberantes fotografías, y los posters, ese precioso regalo, que a veces aparece entre las páginas, para luego adornar las paredes de la mente y de la habitación.

Y, lo que nos atañe, el conocimiento: se comienza a esparcir por las páginas, al principio con tímidas notas informativas, para más tarde explayarse gradualmente en fastuosos temas. Viajan hacia el pasado, revelando nuestros cimientos, aquellos que edificaron nuestro comportamiento; el presente, acercándonos a la realidad humana, social, ambiental, a veces tan distante, tan ajena, y el futuro, pronosticando el mundo que nos aguarda y se construye con las actuales tendencias.

Con tal periplo (sumado a su activa página web), rozamos la verdad; palpamos, casi como si cogiéramos tierra con las manos, todo aquello que somos. Nos olvidamos de esa otra información, sospechosa y frágil, que más que acercarnos nos aleja de ese aún vital instinto nuestro por entender el mundo.

Hojearla es viajar en la geografía, en el tiempo, en las selvas, en las ciudades, en el cuerpo, en las estrellas… Desde los misterios de los incas, hasta los vertiginosos cañones de Australia; desde los ambiguos cerebros de los adolescentes, hasta la belleza de Cleopatra; desde el vuelo de las abejas y su polen sagrado, hasta los robots y los androides; desde las calles de México y de Birmania, hasta las catacumbas del espacio…

En agosto del año pasado, encontré, no sé si con orgullo o decepción, que la National Geographic es la octava revista más leída de Colombia, según el Estudio General de Medios. Orgullo, porque “el marco amarillo” es leído por 549.500 personas, cifra nada despreciable teniendo en cuenta los actuales intereses de los lectores; decepción, porque en el podio posan, engreídas, publicaciones poco formativas, más centradas en las desavenencias y aventuras de las personalidades del espectáculo. 

En parte gracias a National Geographic el amor por el conocimiento, en medios informativos, prevalecerá por mucho tiempo. En sus más de cien años de páginas el planeta se ha reflejado, se ha mirado, y seguirá haciéndolo, hoja tras hojas, desde el lente de sus fotógrafos, desde las letras de sus redactores, y el mundo, cuyas verdades siempre permanecerán dispersas, será menos desconocido, y el hombre, que lo habita, menos ignorante.

jueves, 5 de enero de 2012

Llamado de un actor anónimo a no ver películas dobladas

El libreto no era para nada sencillo: muchas de las palabras eran italianas, lo que me obligaba a introducir un “argentinado” acento a mi inglés, y había demasiadas groserías. Bueno, así era mi personaje, un típico mafioso siciliano, en una nueva aventura; con una banda sonora de lujo; actores reconocidos y de trayectoria, que como yo sufrieron con este complejo libreto, y un gran director, que también escribió el guión, durante más de dos años.

No es de extrañar, pues este personaje me implicó nuevos retos: asumir un acento muy distinto a mi inglés tan refinado; gritar más de la cuenta; introducir groserías, que eran casi como comas a lo largo de mis líneas…, todo esto acompañado de una postura y vestimenta perfectas para la voz que había adoptado. El director celebró mi actuación y sintió orgullo por lo acertado que fue elegirme.

Las primeras escenas fueron muy difíciles. Durante mi intervención se me salía a veces mi acentico de la capital, y por mi culpa repetimos al principio muchas tomas más de la cuenta. Afortunadamente, ya en la mitad de la filmación, mi nuevo acento era ya casi parte de mi naturaleza. El único inconveniente fue en mi casa, con mi esposa, que me decía: “estás hablando muy raro, me siento conversando con Tony Soprano; tampoco me gusta que digas tantas groserías delante de los niños”.

La filmación terminó, y hoy puedo decir que tengo mi voz de nuevo, pero nunca olvidaré mi personaje italoamericano, más por el acento que asumí que por la actuación como tal; ese conjunto (actuación y acentuación) me llenó de orgullo y de excelentes críticas tras el estreno.

Pero tal sensación duró hasta mi reciente viaje a un país latinoamericano. Mientras descansaba en el hotel, cambiando canales en el televisor, me encontré con mi película, justo en uno de mis diálogos, el más agresivo, el que requirió de todo mi profesionalismo y concentración, la escena que más ensayé frente a un espejo, durante días; pero allí, en esa pantalla, ese personaje, que tenía mi rostro, no tenía mi voz.

Sentí una profunda tristeza. Mi esfuerzo había sido en vano. Mi actuación no fue apreciada en su totalidad. La voz que adopté y la propia había sido vulnerada e insultada; en fin, mi labor profesional había sido pisoteada al ver que la voz de mi personaje no era la mía, estaba doblada al español; era el acento de un desconocido, que se había robado mi rostro y el de mi personaje.

Por otro lado, las groserías o las palabras fuertes eran pésimamente traducidas. Cuando en la película yo había dicho: “You motherfucker, I’m gonna fuck your fucking mother”, en el doblaje era: “pendejo, te voy a matar”. No tiene sentido, no se respeta ni siquiera el libreto. Es ridículo. Si el director, el libretista o el guionista decidieron que esa línea (por soez que sea) debía salir de esa forma, se debe respetar, porque esta determina la actitud del personaje y su idiosincrasia. El doblaje y la traducción no permiten que esto se conserve; además, los doblajes utilizan su voz en muchos personajes de distintas películas, lo cual extravía la identidad de un actor.

Yo actúo para un público universal, no sólo para el norteamericano, sobre todo cuando interpreto personajes de otros países. Desde mi experiencia, puedo asegurarles que la mitad de la actuación está en la voz que se adopta: ¿cómo entonces puede alguien atreverse a doblar a Anthony Hopkins, con su personaje Hannibal Lecter; cómo doblar a Val Kilmer, con su personaje de Simon Templar, en El Santo; cómo doblar a Jack Nicholson, en El Resplandor?

Es una cuestión de cultura. Es comprensible que las personas de un país determinado deseen ver las películas en su lengua, pero es necesario entender que los filmes que no se hicieron en su país, sencillamente no se hicieron en su país, por ende no deben ser doblados, porque no es el actor quien está hablando, sino otra persona, que en la mayoría de casos no lo hace con la misma lógica del personaje.

La subtitulación siempre ha sido un buen recurso: el actor conserva su voz, el libretista conserva sus líneas y el espectador disfruta de la completa esencia de un personaje; es cuestión de costumbre y de respeto con los actores, de cualquier país. Por eso no entiendo el porqué afamados canales, en su versión de Latinoamérica, ahora muestran sólo las películas dobladas al español; muchos ni siquiera ofrecen la alternativa del Second Audio Program (SAP), que le permite al televidente seleccionar la opción del audio original, aunque la mayoría de veces esta elección no admite los subtítulos.

Este es un llamado a los amantes del buen cine, para que respeten el gremio de nosotros los actores y exijan que las películas en televisión no estén dobladas, o si lo están, no las vean. Esto debería ser una muestra de respeto y compromiso con los actores que ustedes admiran.