viernes, 19 de agosto de 2011
miércoles, 10 de agosto de 2011
El libro de Dios
Encontré a Dios en un libro que perdí,
ahora busco el libro cual si buscara
a Dios. Si tan sólo yo me acordara
del lugar secreto donde lo escondí,
no estaría rezando como antes,
o al azar tomando libros del anaquel,
que se extiende como torre de babel
hacia donde moran antiguos mendicantes.
Para alcanzar los estantes más lejanos,
donde reposan los libros más arcanos,
escalo muros de tinta y pergamino,
como hormiga en vertical camino.
¿Dónde dejé el libro de Dios, el mago,
lo habré dejado en el lecho del lago,
para ocultar una cruel profecía
o las crónicas oscuras de la parusía?
Dios, el escapista, no dejó su rastro,
pero el viaje me dejó falsas deidades,
brujos, ninfas y otras divinidades
como las parábolas de Zoroastro.
Muy pronto el camino habré perdido,
deshilando bellas silabas paganas,
o mi fe pierda en aquellas páginas,
que ya dudo alguna vez haber leído.
jueves, 4 de agosto de 2011
Traducción de una carta de un soldado nazi hallada en un libro de mi abuelo
Berlín
Abril de 1945
El bombardeo es incesante. Estoy en un bunker, ocultó en una recámara a dos puertas de donde se encuentra el Führer con sus oficiales, intentando buscar una salida que nos salve de la derrota.
Los estruendos son cada vez más fuertes; más cercanos. Sé que las bombas no me alcanzarán encerrado en el bunker. Aún no estoy muerto, pero sé que voy a morir.
Hace tres horas, cuando se nos dio el aviso de que las tropas alemanas habían sido derrotadas y que los rusos se aproximaban al centro de Berlín, el Führer nos reunió. Aún parecía vital, sus palabras de aliento aún conservaban la fuerza de sus discursos; su brazo ya trémulo, que siempre acompañó sus palabras, proyectaba, no se desde que parte de su diminuto cuerpo, una energía que casi logra que domináramos el mundo. Pero cuando llegó a mi lugar y me miró, supe que estabamos derrotados. Tenía miedo. El Führer tenía miedo. En sus ojos vi mi muerte.
El Führer tenía miedo, amor, el Führer tenía miedo. Y si él tenía miedo ¿Cómo no iba yo temer? Las órdenes fueron precisas, debíamos defender Berlín hasta la muerte. El Führer se marchó, con un andar casi de anciano, y entró a su recinto. Dios ya no estaba con él.
Nadie obedeció sus órdenes. Todo lo contrario, algunos se dedicaron a beber el cognac saqueado de la invasión en Francia. Yo tampoco obedecí sus órdenes. Pensé en ti. Te imaginé. Una bomba estremeció la rigidez del bunker. Te imaginé intensamente. Imaginé estas palabras. No puedo negarlo, también me tomé un trago de cognac y me escondí en mi recámara.
Cómo puede el tiempo ser tan nefasto. Si el Führer supiera que estoy aquí huyéndole a los rusos, de seguro me mandaría a fusilar.
Pero ya nada importa. Sólo tú. No me importa la patria. No me importa la derrota. Al fin y al cabo nos la buscamos. Podríamos haber ganado, daba igual. Para el tiempo esas cosas no importan.
De haber sido victoriosos, habrías sido también testigo de este suceso, pero esta vez tengo que escribirte desde la derrota. Fue tal vez el invierno o la terquedad senil del Führer, no lo sé, tal vez debimos haber luchado más. No sé, no importa.
¡Dios, por qué! ¿por qué no estás aquí amor mío? Para hacerte el amor por última vez. ¡Dios, Dios, Dios! Traicionaría al imperio Nazi por hacerte el amor una última vez, tenerte aquí desnuda, bebiendo de tu sexo como los otros soldados apuran las copas de cognac. Sí amor, hacerte el amor. Morir junto a ti. Incluso suicidarnos antes de que los rusos nos fusilen.
Pero no estás. Ni siquiera sé dónde estás. No puedo negar el temor a la muerte, pero en el fondo sé que es lo mejor. Será como un sueño largo. Luego despertaré en tus brazos. No sé en qué siglo ni en qué época. Ya ha sucedido antes. No lo recuerdo pero sé que ha sucedido.
Esta carta amor es la prueba, a escondidas del destino, de que siempre he estado contigo. Las bombas siguen tronando. En la recámara del Führer se escuchó un disparo. Una repentina alegría me invade. Algo me dice que estaré contigo muy pronto, unas cuántas décadas tal vez. Una vez esté contigo otra muerte nos separará de nuevo, pero siempre te volveré a encontrar. Nuestro amor a veces no ocupa amplios espacios, pero sí se extiende a lo largo del tiempo.
Gustaf Gerd Mannerheim
Abril de 1945
El bombardeo es incesante. Estoy en un bunker, ocultó en una recámara a dos puertas de donde se encuentra el Führer con sus oficiales, intentando buscar una salida que nos salve de la derrota.
Los estruendos son cada vez más fuertes; más cercanos. Sé que las bombas no me alcanzarán encerrado en el bunker. Aún no estoy muerto, pero sé que voy a morir.
Hace tres horas, cuando se nos dio el aviso de que las tropas alemanas habían sido derrotadas y que los rusos se aproximaban al centro de Berlín, el Führer nos reunió. Aún parecía vital, sus palabras de aliento aún conservaban la fuerza de sus discursos; su brazo ya trémulo, que siempre acompañó sus palabras, proyectaba, no se desde que parte de su diminuto cuerpo, una energía que casi logra que domináramos el mundo. Pero cuando llegó a mi lugar y me miró, supe que estabamos derrotados. Tenía miedo. El Führer tenía miedo. En sus ojos vi mi muerte.
El Führer tenía miedo, amor, el Führer tenía miedo. Y si él tenía miedo ¿Cómo no iba yo temer? Las órdenes fueron precisas, debíamos defender Berlín hasta la muerte. El Führer se marchó, con un andar casi de anciano, y entró a su recinto. Dios ya no estaba con él.
Nadie obedeció sus órdenes. Todo lo contrario, algunos se dedicaron a beber el cognac saqueado de la invasión en Francia. Yo tampoco obedecí sus órdenes. Pensé en ti. Te imaginé. Una bomba estremeció la rigidez del bunker. Te imaginé intensamente. Imaginé estas palabras. No puedo negarlo, también me tomé un trago de cognac y me escondí en mi recámara.
Cómo puede el tiempo ser tan nefasto. Si el Führer supiera que estoy aquí huyéndole a los rusos, de seguro me mandaría a fusilar.
Pero ya nada importa. Sólo tú. No me importa la patria. No me importa la derrota. Al fin y al cabo nos la buscamos. Podríamos haber ganado, daba igual. Para el tiempo esas cosas no importan.
De haber sido victoriosos, habrías sido también testigo de este suceso, pero esta vez tengo que escribirte desde la derrota. Fue tal vez el invierno o la terquedad senil del Führer, no lo sé, tal vez debimos haber luchado más. No sé, no importa.
¡Dios, por qué! ¿por qué no estás aquí amor mío? Para hacerte el amor por última vez. ¡Dios, Dios, Dios! Traicionaría al imperio Nazi por hacerte el amor una última vez, tenerte aquí desnuda, bebiendo de tu sexo como los otros soldados apuran las copas de cognac. Sí amor, hacerte el amor. Morir junto a ti. Incluso suicidarnos antes de que los rusos nos fusilen.
Pero no estás. Ni siquiera sé dónde estás. No puedo negar el temor a la muerte, pero en el fondo sé que es lo mejor. Será como un sueño largo. Luego despertaré en tus brazos. No sé en qué siglo ni en qué época. Ya ha sucedido antes. No lo recuerdo pero sé que ha sucedido.
Esta carta amor es la prueba, a escondidas del destino, de que siempre he estado contigo. Las bombas siguen tronando. En la recámara del Führer se escuchó un disparo. Una repentina alegría me invade. Algo me dice que estaré contigo muy pronto, unas cuántas décadas tal vez. Una vez esté contigo otra muerte nos separará de nuevo, pero siempre te volveré a encontrar. Nuestro amor a veces no ocupa amplios espacios, pero sí se extiende a lo largo del tiempo.
Gustaf Gerd Mannerheim
Una noche extraña
Por Sebastian Melmoth
Anoche mientras besaba la muerte, el diablo apareció hablando de lo dulces que nos veíamos los dos. Los ángeles del cielo cayeron y opinaron lo mismo. Mi cama de flores se llenó de aromas fétidos y hermosas arañas, mientras gatos blancos caían del tejado maullando sin cesar. Una música melancólica provenía de no sé dónde, creo que el odio y el amor la traían cuando venían tomados de la mano. El placer y el pecado salieron de un espejismo que el amor dejó a su paso y la soledad llegó no sé con cuantas personas más.
Todos murmuraban entre sí parados alrededor de mi cama, viendo cómo los observaba y cómo la muerte besaba mi cuello. Otros mil rostros desconocidos se veían afuera en la ventana, tratando de romper el vidrio con sus uñas. Me sentía extrañado y un poco asustado. El amor y el odio estaban fascinados por la hermosa escena allí en esa cama de flores; la soledad sintió celos porque ya no era ella quien estaba allí; el pecado y el placer se besaban también; los ángeles rezaban, y el diablo se reía.
Me desperté sudando, casi llorando, y la muerte me dijo: “¿Qué te pasa Amor?”
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