jueves, 29 de diciembre de 2011

Un paseo por las calles oxidadas de David Manzur



Aunque mis pies dolían, por los zapatos desgastados y deformados, era imposible detener mi paso por los pasillos. La parda luz de la tarde entraba por la ventana, hacía brillar la madera del suelo y rimaba con las imágenes de los ventanales, no los que daban a la calle bogotana, sino a otras ciudades, de un apocalipsis antiguo; ciudades oxidadas.

Asomarse en cada uno de aquellos ventanales, que se extendían por las paredes, provocaba un vértigo horizontal, al ver en el fondo, detrás de cada caballo convulso, fuerte y greñudo, las callejuelas derruidas, de casas vacías, en cuyas terrazas reposaban improvisadas escalerillas, que unían los caminos de lo que ya no vale la pena unir; caminos que ya no conducen de memoria hacia la plaza, la escuela, la iglesia…, sino que se entretejen y bifurcan en los tejados, en las habitaciones vacías y sin ventanas o en las entradas y cobertizos de las casas, de donde emergen, como de las sombras, los extraños personajes; los mutados y oxidados personajes, que desde los ventanales observaba con temor.


Eran ellos fantasmales jinetes sobre aparatosos caballos, quienes batallaban, en tardes que rozaban la noche y entre informes armaduras, con toros fatigados y heridos. Eran como justas o juegos, en los que también rodaban ruedas y carretes, mientras estos guerreros luchaban por no enredarse en hilos de colores, tejidos por el pintor, que las perversas meninas manipulaban con sus metálicos dedos.
Remendadas, pero aún bellas, las meninas se asomaban desde las sombras de las casas, mostrando con fría vanidad sus vestidos metálicos. Emergían en manada, envolvían con sus hilos a los quijotescos caballeros que por allí cruzaban o bien observaban, desde una sombra, bajo un cobertizo, a los jinetes estrellarse contra la ruina de la ciudad, que iban quizás en búsqueda de aquellos monstruos enrejados, amenazantes y ocultos en estrechas mazmorras.


Esto y más (como las infaltables moscas correr en enjambre por pálidos rostros o un pescado mutilado en una habitación vacía) divisé en aquellos ventanales. Temí o quise caer en las calles de esas ciudades oxidadas, para disfrutar de sus tardes perversas, o para aguardar la noche (y su media luna fabricada con un tímido trazo) con la misma curiosidad que sentí de doblar sus esquinas, y engullir más ruinas; tropezar con los caballos, greñudos, fuertes y convulsos; huir de los toros restantes de alguna fiesta pasada o morir enredado entre los hilos de alguna menina.


Pero, con cierto desgano, tuve que abandonar aquellos escenarios de fantasmas y  misterio, y salí, aún con el dolor en mis pies, a las calles de esta Bogotá, que se oxida.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Melancholia No es ciencia ficción

Cuando Humbert Humbert, luego de haber visto por última vez a su Lolita, ya no una niña, sintió el costal del remordimiento sobre su hombro, por haber sucumbido a la pederastia, debido a los encantos de su nínfula, se dijo: “A menos que se me pruebe –a mí tal como soy ahora, con mi corazón y mi barba y mi putrefacción– que en el infinito importa un comino que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que se me pruebe eso (y si tal cosa es posible, la vida es una broma), no concibo para tratar mi miseria sino el paliativo melancólico y demasiado local del arte anticuado”.

El paréntesis que contiene el condicional de este extracto del libro de Nabokov se reduce con crueldad para incluir solamente la sentencia “la vida es una broma” gracias a la película Melancholia, de Lars von Trier. Los tardíos ataques de conciencia de Humbert Humbert se habrían tornado en un grato y último recuerdo si viera al gigante planeta Melancholia apoderarse del cielo vontrieriano, como una luna azul que se dilata hasta tragarse la Tierra.

Sí, efectivamente, Humbert, al infinito le importa un comino que hayas abusado de tu nínfula. Le importa un comino, Vladimir, que hayas condenado a Humbert, pues tal como lo dice Justine, el personaje principal de la más reciente película del director danés, interpretada con maestría por Kirsten Dunst: “La tierra es malvada. No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos”. Como tampoco importa que Von Trier se haya mofado de Cannes afirmando que respeta a Hitler ni que ella haya ganado la Palma de oro a mejor actriz.

Y así como para el infinito la Tierra, y las acciones de sus habitantes, son insignificantes, también lo es para la película. No hay en la pantalla un despliegue vulgar de escenas catastróficas ni de pánico sobreactuado por las calles, sino una tranquila melancolía, dentro de la jaula que fabricó el director, el único dios, omnipresente y omnipotente, dentro de la obra, para poner en ella a sus creaciones a interactuar, como otras veces, en distintos escenarios, pero ahora con la sencilla excusa de un apocalipsis poético.

Es en la relación de los personajes, en la mezcla e intercambio de sus personalidades, en su inestabilidad, donde está la esencia de Melancholia, (sin dejar de lado, no sobra recordarlo, la estética de la puesta en escena, la espacial fotografía y las suculentas actuaciones, etcétera). Por eso es incomprensible e inaceptable que la obra sea cruelmente subestimada al catalogar su género como “ciencia ficción”, como sucede en la mayoría de sitios donde es promocionada.

Y más que en la totalidad de sus personajes, el cineasta se centra en sus dos mujeres: Justine y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo se reduce a ellas. El dios es dueño y señor de la jaula, a la que no permite al inicio que entre la limosina, de la cual expulsa gradualmente a los demás personajes, de la que no deja salir a sus dos prisioneras cuando intentan huir reiteradas veces por el puente, como queriendo escapar no del planeta sino del mismo Von Trier, para en vano volver a ser ellas: Kirsten y Charlotte.

Porque “L’enfant terrible” es también un personaje de esta obra, porque su obra comienza desde que escoge a sus víctimas, quienes jamás serán las mismas cuando recitan y actúan sus palabras; algo les roba cuando las registra en su lente. Como le sucedió a Nicole Kidman, en Dogville; a Bjork, en Dancer in the dark, o a Emily Watson, en Breaking the waves.

La débil y clarividente Justine y la fuerte y protectora Claire, que intercambian sus caracteres entre la "cueva mágica", son finalmente fulminadas, no por el planeta, sino por un extenso pantallazo negro, que perdura largos segundos antes de los créditos.

http://www.youtube.com/watch?v=vZ-s8AzwWUI