Aparte de algunas columnas y uno que otro discurso transcrito, a veces con torpeza, en internet, no he tenido la oportunidad de leer alguna de las obras de Fernando Vallejo.
Y digo oportunidad, porque yo no busco los libros, ellos me buscan a mí. Y los de Vallejo aún no han encontrado (o no habían encontrado) el camino hacia mi pila de manuscritos por leer.
Todo lo contrario, parecían más bien alejarse para siempre y radicalmente de mi ignorancia. No me sentí atraído por el libro que me trajo su nombre, La virgen de los sicarios, quizás por las imágenes de su película homónima, que tampoco he visto en su totalidad, saturada de gamines, drogadictos y prostitutas (creo), como muchas telenovelas, filmes y obras literarias que han caído en ese cliché, en esa redundancia, en esa especie de cacofonía delincuencial, y que a diario inundan cualquier escenario mediático. También por sus declaraciones incendiarias en algún medio de comunicación, que deseaba subir raiting con su presencia controversial.
“Sólo quiere llamar la atención”, decía, cuando lo mencionaban o exaltaban.
Fue más lo música lo que me atrajo hacia él o, mejor, lo que comenzó a desbrozar el camino de sus libros hacia mí. Un día, cambiando canales en televisión, me topé con una escena suya, frente a un piano, tocando un nocturno de Chopin. En ese momento, una percepción muy distinta de su ser me cautivó. Tal vez la melodía embelleció sus palabras y evidenciaron su sensibilidad, pues en el mismo programa, Eduardo Escobar (el nadaísta que más admiro) lo entrevistó, y sus respuestas, con la dosis de veneno que las caracteriza (sobre la sexualidad, el país, la iglesia, los animales, los pobres, etc.), ya no me parecieron absurdas, sino cargadas de sentido, de fuerza y, sobre todo, de valentía.
Luego se sumaron sus otras facetas, que fui descubriendo en otros medios y en otras lecturas: sus estudios de biología, su amor por los animales, su casi idolatría por la lengua castellana… Todo esto, y más, le dio forma a la imagen de él que conservo: un viejo con un rostro noble, que puede tornarse cuando menos se espera en la faz del demonio; una imagen que aún no deja de mutar, y mutará más aún cuando lea sus libros. Tres de ellos hoy me aguardan en mi pila de volúmenes por leer, y tramposamente casi han alcanzado la cima.
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Es poco común admirar un escritor sin haber leído su obra. En mi caso particular sólo puedo recordar uno: Borges.
Sea por la sonoridad de su nombre, por la postura que asume su imagen, por la libertad de sus palabras en entrevistas y discursos, Borges cautivaba hasta el borde de la intimidación o el miedo de leer su obra y no encontrar la rima de su talante con el relato. Por fortuna, esto no fue así; todo lo contrario, los rasgos de su rostro se acentuaron y su voz coincidió a la perfección con sus letras escritas. Esto se debe, sin temor a equivocarme, a que Borges es un personaje creado por sí mismo.
Una novela justifica su existencia gracias a los personajes que en ella habitan. Por ellos y sus determinaciones entre las páginas la obra teje su destino y se traza la impronta que nos permite recordarla.
Pero cuando el escritor es también un personaje, tanto dentro como fuera de la obra, la relación con el lector va más allá del ejercicio de tener entre las manos un libro y pasar los ojos por las letras: el encuentro con el escritor-personaje es ya una lectura previa a enfrentarse con el papel, y cuando esto último sucede es inevitable imaginar al autor interactuar con los demás personajes; imaginar las escenas en su propia realidad; imaginar todo su proceso creativo. Así, tras la lectura, la imagen que más perdura en la memoria es la del artista.
Son escasos los escritores con quienes se vive dicha experiencia. Al leer Por quién doblan las campanas, por ejemplo, no nos quedamos con Hemingway, sino con Roberto Jordán; en El Túnel prevalece Juan Pablo Castel y no Ernesto Sábato; de María no queda sino María, y Jorge Isaacs es apenas un nombre en la portada del libro.
Otros, en cambio, colonizan su propia obra, y subyugan a los personajes a la omnipotencia de su presencia. Cuando se lee Justine, sí, todas las desgracias del personaje principal nos quedan en la memoria, pero quien impera en el recuerdo es el Marqués de Sade, tejiendo con su tinta el cruel hado de la infortunada protagonista. Borges, en El aleph (como en muchos otros de sus cuentos), sin anunciarlo se aparece en el relato cuando le habla al retrato de la fallecida Beatriz Viterbo: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
En La metamorfosis, el insecto no tiene cara de Gregorio Samsa, sino de Franz Kafka. O Lord Henry, un personaje secundario de El retrato de Dorian Gray, pero fundamental en los giros dramáticos de la obra, no es nadie más que el mismo Óscar Wilde. Sí, estos dos últimos ejemplos cabrían en otra categoría: el escritor que se disfraza de personaje; cambia su nombre y quizá su atuendo, pero su talante permanece allí, como un espía entre las páginas, para influir de modo más directo en el destino de sus personajes. Hay otros más arrojados, como Henry Miller, que entra en escena con toda su presencia, sin disimularlo, y para colmo arrastra consigo a otros personajes de la vida real, quienes en contra de su voluntad se encuentran de repente encerrados entre las paredes de sus relatos.
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Comencé a leer la obra de Vallejo en Vallejo, pues este es precisamente un artista que cabe en la categoría de escritor-personaje. No sé si ésta es una construcción intencionada o planificada del autor ni si en su fuero interno mora un pensamiento distinto o menos contundente a sus manifestaciones en público (temas para otro artículo, menos llamativo). Lo que sí es cierto es que su carácter, en entrevistas, discursos o conversatorios, rima con su literatura, no en el sentido del autor hablando del proceso creativo, sino como el personaje narrando su vivencia dentro de la obra, en permanente construcción.
Es así como en el lanzamiento de El cuervo blanco (biografía de Rufino José Cuervo), el autor menciona con frecuencia su amor propio por la lengua castellana, cómo fue su acercamiento a la obra del lingüista colombiano y deja entrever que él mismo, en la biografía, es un personaje de suma trascendencia entre las páginas del libro. Esto no es común, pues a menudo el biógrafo opera más como el narrador oculto tras un matorral en el escenario de la vida del personaje.
La puta de Babilonia es otro ejemplo. En esta obra se refleja, como se percibe al abrir cualesquiera de sus páginas al azar, su aversión y repudio por la iglesia católica, lo que no es muy distinto a lo que encontramos en sus entrevistas o intervenciones, cuando, aunque no sea el tema central, arremete contra la religión cristiana. En la más reciente edición de este libro, incluso el mismo Vallejo sale en la portada, vestido de negro, formando una cruz con sus dedos, a la altura de los ojos, como diciéndole a la iglesia “vade retro”.
Este y similares comportamientos y discursos le dan a Fernando Vallejo su identidad, la cual es evidente incluso para aquellos que como yo no han leído su obra y para los que lo desprecian, pero no pueden evitar escucharlo, así sea para después fustigarlo. Todo esto, con la complicidad de sus admiradores y no admiradores y los medios de comunicación, es lo que le otorga la categoría de personaje.
Así pues, la lectura de este autor empezó hace ya algunos años, aunque mis ojos no hayan pasado por ninguna de las líneas de sus libros, y el Vallejo-personaje logró cautivarme, como los héroes de las historias inolvidables que nos han acompañado a lo largo de la vida. Pero ya llegó la hora de entrar en esos otros escenarios del artista, que se encuentran en el papel y no ya sólo en el discurso oral, no sin cierto temor a toparme con el desencanto. Bueno, no hay que anticiparse, el perfil del personaje promete traer consigo historias portentosas. Por lo pronto, en la pila me aguarda El desbarrancadero.
