martes, 28 de febrero de 2012

Un caballo y la eternidad

El caballo salvaje se había lastimado su pata delantera derecha. La causa no fue revelada. Quizá tropezó con algún obstáculo mientras cabalgaba en los prados de Australia, o su casco fue devorado por algún hueco camuflado en la hierba, o dio un traspié equino en alguna de aquellas competencias secretas entre jamelgos indomables.

Andaba cada vez más rezagado de su manada, que al principio lo esperaba con paciencia, pero que más tarde se tornó indiferente. El caballo, aún joven, prolongaba su mirada hasta donde sus compañeros de cabalgatas y de aventuras, y como si ella fuera un lazo, proseguía cojeando, sin entender las causas de su retraso.

El sol australiano se había vuelto más inclemente. Su jadeo era ya constante, acentuado por su movimiento lento y convulso. Ya casi ni podía apoyar la pata sobre el suelo; le dolía incluso cuando lo hacia para inclinar su cuello, cubierto de una esbelta melena, en esos momentos en que la hierba deseaba meterse entre su boca.

Sin embargo, por instantes, muy cortos, como intermitentes, un viento fresco parecía empujar su instinto de supervivencia, o como si un impulso del universo desfibrilara sus rastros de existencia, y cojeando aceleraba su paso, aún sin perder de vista a sus cinco amigos. Pero no, una pata herida es para un caballo un viaje más agónico que una falla cardiaca o que un silencioso cáncer.

Su andar se fue deteniendo, cadencioso, sin escándalo, sin relinchos ni clamores, con dignidad, con libertad… Del mismo modo que un reloj agónico enlentece sus segundos, quedó finalmente quieto, bajo la sombra de un árbol, que lo aguardaba desde siempre, agitando su abundante cola para espantar a las perseverantes moscas.

Así, haciendo equilibrio sobre esa cornisa entre la vida y la muerte, el equino aguardaba inocente, como debe ser, la pérdida del balance que aún lo sostenía, cuando de súbito una yegua blanca, que se alejó de la manada, se acercó al árbol donde el caballo se refugiaba a esperar el colofón de su destino.

“Llegó a darle la última despedida, la última caricia”, dijo la voz del narrador de un programa sobre vida salvaje de Animal Planet, cuando la yegua con su hocico acarició y frotó al del caballo, en medio de la planicie australiana, por largos y sagrados minutos, hasta que, no sin dudarlo varias veces, se alejo para reunirse con los demás, que la aguardaban en la distancia

Un zoom-out gradual, que partía desde el caballo agónico, desplegó el infinito horizonte. En el centro de la imagen se avistaba el polvo que surgía del trote de los caballos, que retrasados se dirigían hacia su refugio nocturno.

Durante el programa, otros personajes fueron descubiertos por el lente intruso y ajeno, que contaba otras historias, con la trama digna de la biodiversidad de Oceanía: dingos rapaces, ágiles canguros, extraños emús, fotogénicos marsupiales…, hasta que de nuevo enfocó la inmensidad de los prados.

Fue en ese momento cuando el narrador, con esa voz que traducía el complejo instinto de la naturaleza al limitado lenguaje humano, mientras la cámara hacía un acercamiento a uno de los árboles de la pradera, dijo: “Ustedes pensarán que la vida ha terminado, pero es ahora cuando apenas comienza”, y aparecen de repente los restos de nuestro caballo, extendidos bajo la sombra del árbol, donde había decidido detenerse, donde se había despedido de su yegua, donde después había caído a sembrar de existencia ese ínfimo trozo de tierra bajo el sol.

“Ya no es solo una vida, sino muchas de ellas, casi infinitas”, prosiguió el narrador, y el lente enfocó con atención la carroña del equino, de la cual brotaban como agua larvas de los huevos almacenados con esmero por las moscas, que aún rondaban el cadáver, cuyos huesos ya se asomaban por entre la carne. Jirones de fibras y tejidos eran devorados como dulces por los danzantes buitres, hasta internarse en su compleja digestión. Verdes tallos de hierba se abrían paso también entre los músculos informes. Otros tantos insectos y gusanos se paseaban gustosos entre los tendones, la sangre seca y los rastros de cuero, que aún conservaba su color pimienta.

El caballo se hacía tierra, y la tierra es vida. Trozos de su ser ahora se desplegaban en múltiples seres, que a su vez crearían otras vidas, hasta el infinito. Su existencia, la fortaleza de sus cabalgatas sobre la misma hierba que devoraba, su relación con otros de su especie, su tropiezo, era apenas una coma entre el perpetuo relato de la vida, una diminuta salpicadura de la energía del universo. Él mismo había sido el resultado de un impulso anterior.

Fue así, acostado en mi cama, con el control remoto perdido entre algún pliegue de las cobijas, como descubrí la eternidad.